{ I } Entre signo y signo

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{ I } Entre signo y signo

Mensaje por Urien el Dom Ago 30, 2015 2:05 am

OFF:
Narrado en terera persona para la alusión del pasado.

Pisaba fuerte por cada paso que daba entre sus zancadas, con la cara enrojecida y el ceño fruncido caminaba sin dirección; ¡Estaba muy molesto, furioso! ¿Cómo es que lo pueden tratar de esa manera? Antes podía ir a donde quisiera u hacer cualquier cosa sin el miedo y con la confianza de muchos, pero desde aquel accidente ahora todos le trataba con sumo cuidado, como si al tocarlo fuera a desvanecerse.  Habían pasado ya entre tres a cuatro meses desde aquel incidente, el dolor se había disminuido ya y podía volver a su habitual vida si no fuera porque cada vez que volteaba los rostros de sus amigos se lo recordaba: “¡Urien, no puedes escuchar!” y para eso tenía que repetírselo hasta siete u ocho veces hasta lograr que lo entendiera. Infló sus mejillas sacando pecho girando en la siguiente ruta, se había ocultado en los bosques perdidos queriendo un momento de paz aun cuando todos le decían que no debía; ¿Qué pasaba si lo atacaban? ¿O si volvía aquel ser que lo había dejado de tal manera? ¡Jah! ¡Él aún sabía pelear! ¡Todavía podía defenderse! Se mantenía de pie ¿O no? ¿Qué importaba haber perdido un sentido?

Pues es de suuuuma importancia, siendo que primero y principal tuvo que pasar un buen tiempo para que volviera a recuperar el sentido del equilibrio (Ahora comprendía porqué decía que tener limpios tus oídos es crucial) y valerse ahora de su poca audición (¡Vamos! Nadie tenía la garganta tan fuerte o dura como para estarle gritando todo el día)… ¡Pero no hablemos de eso, hablemos de lo que estaba haciendo el pequeño niño en el bosque! Pues como se dijo, se estaba ocultando; ¿De quién? ¡De sus amigos por supuesto! Esos que no le dejan moverse a dos pasos sin que crean que volvería a sangrar por los oídos o que se perdería por no escuchar la música de la aldea.

En primera: Conocía al bosque como la palma de su mano así que sabía dónde estaba parado. Segundo: Aaaaaah, la música. Si de algo iba a extrañar era la música, al menos un poco lograba escuchar… Solo un poquiiiiito y si estaba lo suficientemente cerca.

¡Pero eso no lo detenía a seguir disfrutando de ella tampoco! Y entre vuelta y vuelta por el jardín llegó a un claro, en donde la luz del sol se entreabría en las ramas de los árboles y justo en medio había un tronco grande y hueco, donde usualmente estaba un skull kid tocando una flauta al cual se le unía para tocar su violín, venía acá cuando estaba enojado o frustrado y aquel skull kid musical se había vuelto su confidente. Que sorpresa tuvo al ver que aquel tronco iluminado por los rayos del sol estaba siendo ocupado, pero no por quien creía.
Era un adulto, uno anciano. Su cabello era gris y cubría su rostro en una gran barba y bigote chistoso los cuales estaban llenos de hojas y ramas. Tenía un sombrero hecho de paja sobre su cabeza y sus ojos verdes estaban muy contrario a su apariencia vieja y arrugada, estos eran vivaces… ¡Como los de Urien! El adulto saludó a la llegada del niño con su mano derecha, el kokiri más que asustarse por la presencia del adulto le dio curiosidad, tanta que terminó llegando a estar a su lado y sus manos colocándolas en el tronco mirando fijamente al hombre.

Habló u al menos se fijó como movía su boca y por más que intentaba nada llegaba a sus oídos, así que soltó un suspiro de resignación negando con su cabeza. Si no fuera por un pequeño golpecito en su cabeza no se hubiera atrevido a levantar la mirada topándose con una hoja y algo escrito en tinta con una caligrafía muy bonita (A su parecer).

-“¿Qué te tiene tan frustrado?”

-Son mis amigos, quieren protegerme de todo… Pues por un accidente me quede sordo –Le dijo en tono de vencida sin ponerse a pensar porqué le soltó tan abiertamente eso al adulto, quizá era porqué este le daba confianza.

Una extraña confianza, en su presencia podía sentir paz y tranquilidad. Se fijó como el hombre tomaba un pincel que tenía a su lado y lo llenaba con tinta (Un frasquito pequeño que también estaba justo al lado del pincel) y con gracia y rapidez volvía a escribir en otra hoja blanca del libro que llevaba mostrándole al kokiri nuevamente.

-“¿Te arrepientes de serlo?"

-Uhmm, no realmente –Se encogió de hombros, sin saber que decir.- Pero extrañaré escuchar la música.

-"¿Y qué te detiene de disfrutarla?”

-¿Eh? –Esa pregunta si lo hizo conmocionar, y se había hasta parado veloz mirando fijo al hombre. El anciano solo le dedico una sonrisa mientras volvía a escribir con rapidez en su cuaderno.

-“Podría enseñar a comunicarte de otra manera”

-¿Comunicarme? –Infló una mejilla algo ofendido por eso.- ¿Es porqué habló muy duro, cierto?

El hombre volvió a sonreír, con la tranquilidad que le caracterizaba dejando sobre su regazo y con sus manos hizo algo que el kokiri tomó como algo extraño, contrajo y enlazó sus dedos al igual que los gestos de su cara se movían acorde a sus manos.

-¡Eres raro! –Le acusó señalándole.- ¡Los adultos son raros!

Y se echó a correr hacía la salida, sin embargo algo hizo que se detuviera y girará a ver. Topándose con la mirada honesta del anciano y algo escrito en una hoja blanca.

-“Eso significa: Gusto en conocerte”.

Y sin darse cuenta sus manos quisieron recrear aquello que vio, de una manera extraña y torpe. Sacudió su cabeza y se echó a andar de regreso a la aldea dejando aquel raro ser atrás con el pensamiento de que no le volvería a ver.

Diez días después, el kokiri regresó al mismo lugar. El mismo anciano de antes esperándole con una sonrisa oculta en su largo bigote lleno de hojas y ramas secas y con las mismas extrañas señas le recibió, esta vez siendo más prolongadas y hasta complejas e igual forma lo hacía con tanta paciencia  como si esperara que el chico comprendiera.

El castaño seguía viendo aquello muy extraño y a su vez, fascinante de algún modo.

-“Te preguntaba de como estuvo tu día” –Leyó y solo alzó un hombro.

-Ah, normal –Rascó su mejilla.- Hoy me preguntaron a gritos porque no volvía a tener un hada.

-“¿Por qué no quieres tener un hada?”

-¡Jum! –Se cruzó de brazos alzando el mentón de manera que pareciera que fuera a decir algo muy filosófico.- ¡Las hadas no son algo que se deban de cambiar, si, extraño a mi hada pero la mía era especial y no quiero que otra la reemplace!

-“¿Ya descubriste la manera de volver a disfrutar de la música?” –Aquello si lo desconcertó y rascó su cabeza a ambas manos mientras bufaba.

-¡No lo sé! No puedo simplemente atravesarme cuando la banda este tocando, ¡Sería muy descortés interrumpirlos!

-“¿Aún recuerdas como usar tu violín?”

-¡Pero por supuesto!

-“¿Sabes cómo son las notas musicales?”

-¡Pues claro!

-“¿Qué sientes cuando tocas el violín?”-¿Qué sentía? Era la pregunta. Llevando sus puños a su cintura y sacando pecho con la mejor sonrisa de satisfacción miró al anciano.

-¡Soy feliz cuando toco el violín! ¡Pero me hace más feliz que otros escuchen lo que toco, y soy muy bueno tocando!

-“¿Qué sientes cuando tocas el césped? ¿O cuando bebes agua? ¿O cuando hueles algo agradable? ¿Qué es lo que sientes?”

Todas esas preguntas le confundían y no creía tener una respuesta a ello; se jalaba el cabello tratando de entender y los movimientos en las manos, brazos y rostro del hombre le distraían. Lo hacía tan lento que Urien comenzó a imitarle como si de un espejo se tratase y sin embargo no tenía ni la menor idea de que era lo que trataba de decirle con ello, no hasta que terminó de leerlo: “No disminuyas lo que perdiste pero fortalece lo que aún posees.

Seis días después, el kokiri regresó al mismo claro, esta vez sentándose lado a lado del anciano imitando cada movimiento de sus manos de manera torpe, de vez en cuando gruñendo por sus dedos entumecidos y reclamando lo tonto que se veía eso, que prefería hablar como una persona normal.

-“Yo no puedo hablar” –Y se señaló la garganta, dándose topes con el dedo índice. Urien se levantó rápido agitando sus brazos de arriba abajo con una expresión de terror en su rostro.

-¡WAAAAH! ¡LO SIENTO! ¡NO LO SABÍA! ¡PERDON POR LLAMARLO TONTO! –Ni se fijó que estaba gritando más de lo habitual y lejos de asustar al anciano solo hizo que sonriera y negará con su cabeza.- ¿Con esto es que te comunicas? ¿Con estos signos raros en las manos?

-“Se llama lenguaje de señas, y personas como tú y yo es lo que usan para comunicarse”

-¿Ellos no se sienten raros?

-“¿Tú te sientes raro al no poder escuchar nada?”

-¡Por supuesto que no! –Arrugó la nariz, ofuscado por la pregunta.-¡Sigo siendo el mismo!

Después de tres días y medio, Urien volvió con el anciano y sus charlas habituales comenzaban a ser manuales requiriendo solo del cuaderno cuando no entendía algo.

-“La Diosa Farore tiene una meta para ti, ¿Sabías?”

-¡Woah, ¿En serio?! –Preguntó entusiasmado llevando sus manos a su rostro.

-“La Diosa tiene una meta para cada uno de sus hijos, aún con las debilidades que podamos tener todos somos especiales, pues todos somos sus hijos bajo su manto celeste. Ella nos guía y protege desde arriba incluso si no podamos verla, oírla, escucharla, sentirla u hasta hablarle, ella siempre consigue la manera de llegar a nosotros”


“Mantente firme y seguro y ten siempre tu cabeza en alto, Farore vigila de que tu meta; aunque dura, sea siempre de provecho para ti”

Ten confianza en lo que puedes lograr y que tus debilidades se vuelvan fortaleza.


¿Cómo no tener confianza? Si él es genial.

Día tras día el kokiri volvía al bosque a seguir conversando con aquella persona que se le asemejaba, sus amigos solo veían extrañado como frente al espejo movía sus manos y su cara colocando gestos graciosos. No fue nada de esperarse que cierto niño regordete, tan curioso como siempre quisiera aprender lo que estaba haciendo. Los días se volvieron meses, y Urien volvió a formar parte de la banda kokiri pues aún sin tener su audición su música seguía siendo la mejor y su magia se había intensificado.

¿Y cómo podía saber lo que tocaba? Porqué tenía confianza de que a pesar de no poder escuchar lo que tocaba lo hacía de todo corazón, en sus dedos sentía la vibración del arco y las cuerdas interpretando aquella alegría que tenía a través de las notas musicales. Y con eso Urien comprendió que con ello había encontrado la manera de entender lo que le rodea: Solo necesitar sentirlo, vivirlo, tal como él vive por la música que toca; solo debía encontrar el “ritmo” adecuado a todo lo que le rodea. Y claro, se había vuelto experto en lenguaje de señas sin notarlo.

Al cabo de unos meses; en otoño regresó al claro donde había conseguido a quien fue su maestro y un gran amigo.

Pero no había nadie, y en el tronco solo había una nota que al leerla solo pudo sonreír de par en par y guardarla, subirse al tronco y empezar a tocar su violín. La canción que con tanto esmero había escrito para él en forma de agradecimiento y sabía que donde sea que estuviera le iba a escuchar.

Y la nota decía:


Ten una vida plena y llena de aventuras.
Nos volveremos a ver pronto, mi pequeño amigo.

- F.


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