La chica de la bandana

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La chica de la bandana

Mensaje por Snow el Mar Oct 21, 2014 4:56 pm

El sol refulgía desde el cielo, haciendo un millar de sombras en el suelo del profundo bosque kokiri, rodeado por miles de árboles tan altos como un titán. La pequeña casa de Snow se situaba en uno de los extremos del bosque. Se accedía a ella mediante una pequeña escalerilla que caía desde la terracita de madera. Casi todas las casas kokiri tenían la misma entrada. Una vez en la terracita la puerta no era nada más que una pequeña tela de un color verdoso que cubría la entrada a la casa. Su interior era circular, como el árbol en cuestión. La casa no era muy grande pero tenía todo lo necesario para vivir.

Los rayos del sol entraron por la pequeña ventana situada encima de la cama del pequeño chico y le dieron de lleno en toda la cara, incomodándole en un principio y haciendo que finalmente se levantase de la cómoda cama. Snow se levantó y se estiró, mirando hacia la ventana por la cual entraba toda esa luz. Ya era un movimiento que hacía todas las mañanas.

El muchacho no medía más de 1,60, aproximadamente, tenía una complexión delgada, siendo así bastante flojo, pero ágil y rápido como una ardilla. La superficie de su cabeza estaba toda cubierta por un pelo rubio claro, con mechones bastante largos y laceos que se dejaban caer por su cara. Por la parte de atrás de su cabeza se erguían hacia arriba como si estuvieran cargados de electricidad. Su rostro todavía era infantil, como el de un niño de 13 años. Tenía las cejas finas y largas y los ojos grandes, de un color azul cobalto, los cuales brillaban a la luz del sol, tan claros como un riachuelo transparente. La profundidad de su mirada irradiaba sentimiento, era joven y se podía notar en sus ojos. Su pequeña nariz iba totalmente acorde a sus finos labios y sus puntiagudas orejas hacían juego con su redondeada barbilla. Su piel era clara y suave, como la de un bebe recién nacido, pero todavía se podía notar en todo su cuerpo las heridas que le había infligido el hombre que le había tenido capturado durante 10 largos años. Estas heridas tenían formas de grandes surcos rojos y moratones enormes, los cuales se aclarecían poco a poco con el paso del tiempo. Algunos otros moratones y heridas estaban creados por los severos entrenamientos que llevaba a cabo el joven Hylian. Llevaba unos ropajes verdes kokiris que le quedaban exageradamente grandes y unas botas marrones largas, algo desgastadas pero cómodas.

Snow acabó finalmente de estirarse y se acercó a una mesita, cogiendo una pequeña jarra y sirviendo su contenido en un vaso de madera. Bebió el contenido apresuradamente y echó a correr hacia la entrada de su casa, saliendo por la misma, dejando dentro de esta su espada.

Surcó los parajes Kokiri mientras algunos niños le saludaban felizmente. Snow simplemente escondía el rostro en su enorme túnica y hacia un pequeño ademan con la cabeza, saludando tímidamente. Si algo le caracterizaba en aquel entonces, era ser un chico bastante introvertido.

Llegó finalmente a una pequeña pradera rodeada de árboles, cerca de la salida del pequeño pueblo kokiri en cuestión. Una espada estaba apoyada en un árbol. Era suya, y todo el pueblo o casi todo el pueblo sabían que era suya. Era la espada que había pertenecido al captor de Snow durante tanto tiempo. Una espada enorme, la cual podía sostener apenas. Había algo en esa espada que ligaba al joven muchacho con ella y el pequeño no sabía exactamente que era, pero podía notar el vinculo.

Snow se acercó hasta ella y rozó la empuñadura con la mano, sonriente.

Algún día podré empuñarte…― Se repetía él una y otra vez. Cada vez que iba hasta aquel claro hacía lo mismo, contemplar la espada en silencio, estudiándola de arriba abajo, sonriente. Pero ese día era distinto… alguien le había seguido hasta allí y aquel alguien portaba un tirachinas de madera.

Una joven muchacha kokiri de cabello azulado le miraba desde detrás de un árbol. Su pelo caía sobre su espalda en finos mechones añiles y una cinta verde oscura cubría la parte de arriba, separando el flequillo de la muchacha y la parte de atrás de su cabello. Unos pequeños picos, que eran sus orejas, se podían entrever entre los finos cabellos. Su rostro era infantil, como el de Snow, pero el de ella era más redondo aún. Sus ojos eran grandes, de un color verde refulgente, llenos de vida y pasión, sus cejas eran finas y largas, azuladas, al igual que su pelo. Su nariz era pequeña, similar a la del inmaduro Hylian, como sus labios, los cuales estaban siempre torcidos en una cálida sonrisa. La joven kokiri era pequeña, no mucho más que Snow, pero al fin y al cabo más pequeña que él. Su complexión era delgada y sus ropajes kokiris eran un poco holgados, no ciñéndose del todo a su cuerpo. Llevaba un cinturón cargado de pequeñas bolitas de madera que usaba como munición para su tirachinas.

Snow notó la presencia de algo, pero justo antes de que fuera a mirar hacia atrás una bola de madera chocó contra un árbol adyacente a él. El chico rubio se giró rápidamente y la niña le saludó con una mano, sonriente. Snow se echó rápidamente hacia atrás y se escondió detrás de un árbol, tapándose la cabeza con las manos. Sabía que era una persona la que estaba haciendo eso y de repente sintió un miedo que hacia varios meses que no sentía.

La niña se acercó corriendo y comenzó a hablar casi antes de haber llegado hasta él.

¡Perdona, perdona! No quería asustarte ― Exclamó mientras guardaba su tirachinas en el cinturón ―, de veras que lo siento ― La kokiri se inclinó un par de veces ante Snow, el cual le estaba mirando desde que llegó hasta su lado ―. ¡Perdón perdón! ― Repitió unas cuantas veces. Finalmente Snow se levantó, rascándose la nuca y con la mirada apuntando al suelo.

N-no pasa nada… ― Dijo el muchacho. La chica sonrió y rápidamente le tomó de las manos, presentándose ante él, expulsando las palabras de su boca vertiginosamente.

¡Yo soy Lyre, y tú eres Snow¡ ¿No? ― Preguntó la chica, sonriendo ante él. Snow asintió rápidamente, apesadumbrado por la chica que se había acercado tanto a él. La recordaba bien, la había visto el primer día que había llegado al poblado Kokiri ―. ¿Y que haces aquí? Te veo venir cada día… ― Snow levantó un poco la mirada y metió las manos en sus bolsillos.

Vengo a… vengo a entrenar ― La joven muchacha no se había fijado, pero un montón de sacos estaban colgados de los árboles, a distintas alturas. Se acercó a uno de ellos, el más bajo y clavó uno de sus dedos en él. Eran suaves pero resistentes a los golpes.

¿A entrenar? ¿Los usas como “enemigo”? ― Preguntó la kokiri, remarcando las comillas con los dedos ―. ¡Suena super divertido! ¿Puedo entrenar contigo? ― Snow la miró y se sonrojó, bajando de nuevo la cabeza.

B-bueno… como tú quieras… n-no quiero molestarte ― El chico mantenía la cabeza bajada mientras que Lyre se movía de un lado a otro, golpeando con sus pequeñas manos los sacos. Los huecos que hacía en ellos no eran muy grandes y rápidamente estuvo agotada.

¿Me haces una demostración Snowi? ― Pregunto ella, llamándole con un mote. Snow se sonrojó de nuevo y se rascó el brazo. No quería llamar la atención y no sabía como hablar con ella… ni con ella ni con nadie. Había permanecido tanto tiempo sin hablar con una persona que ahora se había olvidado de cómo tratar con ellas. Por miedo a que le rechazara Snow asintió lentamente y se colocó en el centro de la pequeña arboleda. Lyre se le quedó mirando en todo momento mientras el joven muchacho cerraba los ojos.

El viento mecía el pelo del Hylian mientras este se concentraba. Un pequeño “click” en su cerebro hizo que abriera los ojos rápidamente. Los pies del joven muchacho comenzaron a moverse a toda velocidad, acercándose al primer árbol cercano. Una vez a su lado giró levemente el tobillo y la pelvis y flexionó el codo hacia atrás para, a continuación, impulsarlo con toda la fuerza de su cuerpo y la cadera hacia adelante, estirando el brazo. El golpe resonó contra el saco y un enorme hueco quedó en medio del mismo, sin llegar a romper la tela que recubría el interior.

De un salto Snow dejó apoyado el pié en la corteza del árbol más cercano y de un enorme impulso se movió hacia otro de los árboles, creando así una pared entre ambos e impulsándose con los pies entre ambos una y otra vez, intentando llegar a las alturas de los mismos. Una vez hubo escalado lo suficiente golpeó uno de los sacos que estaba arriba del todo con el pié, exactamente con el talón, dando una pequeña voltereta en el aire antes de golpear el árbol, rasgando un poco la tela. Cayó desde las alturas y aterrizó en el suelo con una voltereta, para luego cargar rápidamente contra otro de los sacos, el cual abolló con un rodillazo cargado de todo su peso. Después de eso golpeó un par de sacos más con un codazo y con otro rodillazo.

Mientras se movía por el suelo entre todos los sacos algunas trampas que había instalado él mismo por el suelo saltaban, disparándole semillas desde varios ángulos, esquivándolas. Una vez hubo golpeado todos los sacos volvió al centro y soltó una gran bocanada de aire. Su respiración era muy agitada y estaba notablemente cansado, pero permanecía levantado, aguantando, para así aumentar su resistencia.


Eso ha sido increíble…― Dijo la muchacha kokiri, la cual se había escondido detrás de uno de los árboles y lo había visto todo ―. ¿Cuánto tiempo llevas entrenándote?

Cada día de estos 10 meses que he estado aquí ― Respondió jadeante el joven chico ―, es decir… entreno dos días y descanso uno… así todas las semanas… ― Snow volvió a enrojecerse y a bajar la cabeza un poco. La chica se acercó corriendo hacia él.

¡Yo te ayudaré a entrenar! ¡Ya verás! Acabaras convirtiéndote en el guerrero más fuerte de entre todos nosotros ― Dijo ella, apoyando sus manos en los hombros del Hylian, riéndose. Finalmente Snow sonrió, enarcando un poco ambas cejas y mirándola. Ella estaba riendo y el joven muchacho notó que las palpitaciones de su corazón se tranquilizaban un poco. Rió un poco con ella. Ese sentimiento era tan cálido como abrazar el propio sol.


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